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La maldición de la bruja
Decididamente me levanté con el pie izquierdo.
Aquel día de San Juan en particular amaneció trémulo y efermizo, envuelto en una densa niebla de llovizna. Los fantasmas de las casas, los árboles y los establos flotaban suspendidos en la frágil luz grisácea, como si quisieran desvanecerse al cantar el gallo. Pero el gallo no cantó. No reconoció el alba. Los pájaros siguieron en silencio. En la cuadra me mordió aquella maligna yegua que respondía al nombre de Janto, como el caballo inmortal de Aquiles, sin embargo, por temperamento, se parecía más al infame animal del mismo nombre, el caballo devorador de hombres del rey Diomedes. Tenía el desagradable hábito de morder, sin más motivo que por propia diversión.
Más tarde, en la taberna, también me perseguía la mala suerte de haberme levantado con el pie izquierdo, pues no conseguí vender ninguno de los hábitos de monje usados, que se utilizaban para vestir a los cadáveres de los ricos para engañar al diablo, y que eran el producto de mi mercadeo.
Y, allí mismo, en aquel nefasto día de pie izquierdo, decidimos enterrar viva con una mordaza de hierro a la bruja que tenía asolada la comarca. El hierro compensará cualquier maldición que lance. Lo anula todo, el hierro. Es una de las cosas más potentes que hay contra el mal, aparte de la hostia y el agua bendita, pero no teníamos algo así.
Todavía tengo miedo de aquel día, todavía pienso en que alguna maldición me persigue y que me dará alcance en cualquier momento. Las sombras no tienen sustancia y, no obstante, siempre son más grandes que nosotros.
Aquel día me levanté con el pie izquierdo.