Qué comienzo más sublime. Qué forma de interpretar, de hacer revolotear unos frágiles y, al mismo tiempo, poderosos dedos por entre los sostenidos y bemoles de esta maravillosa obra de
Federico Chopin (1810-1849) compuesta en 1834 y que el propio
Chopin ocultó mientras vivió.
En la pieza hay muchas
polirritmias (la mano derecha toca semicorcheas mientras que la izquierda toca tresillos). El tempo inicial indicado es
allegro agitato y luego cambia a
largo y más tarde, cuando cambia a
re bemol mayor, a
moderato cantabile. Después vuelve al tempo inicial al continuar en
do sostenido menor. Termina con un final fantasioso de una forma misteriosa y tranquila en el que la mano izquierda repite las primeras notas del tema de la parte
moderato cantabile y la mano derecha sigue tocando … esas maravillosas … semicorcheas.
De nuevo
do sostenido menor … qué increible tonalidad … De nuevo …
Chopin. Siempre, eterno
Chopin. Sobre el papel pautado, sobre esas cinco eternas líneas paralelas, cientos de fugaces notas, alteradas algunas de ellas por esa armadura presidida por los cuatro sostenidos
: Fa-Do-Sol-Re. Do sostenido menor. Chopin. Eterno
Chopin. Y eternas las cuatro manos interpretando de forma simétrica, reflejadas en la negra madera del instrumento. Las manos de
Valentina Igoshina.