Pero todo quedó en anécdota cuando salió el cuarto. Porque entonces apareció el peligro. Porque entonces Morante tomó la plaza. Se llamaba Colchonero y lo saludó José Antonio con el capote a una mano, verónicas de compás imposible, tijerillas de perfecto trazo y serpentinas de otro tiempo… y Sevilla en pie, desbordada, berreando en cada embroque. La lidia fue un tratado: colocación, tiempos, imaginación. Hasta banderilleó con una verdad insultante, con ese punto de locura lúcida que convierte el toreo en algo irrepetible. Y después, la locura: ayudados por alto desde una silla rematados por uno de pecho monumental, soberbio; un natural eterno que se rompió en un molinete invertido, la muleta latiendo en el pitón izquierdo como si tuviera vida propia. Incatalogable. Histórico. Único. El acero quiso traicionar la obra, pero ya era tarde: lo había firmado para siempre. Había entrado en la antología más extensa y unánime de la historia de la tauromaquia.
Video histórico:
https://youtu.be/zlyVur_MVjU?t=768
Morante es un peligro público porque convierte en secundarios a los demás sin pedir permiso. Porque desborda el guion, porque altera el orden natural de las cosas. Porque cuando alcanza ese estado, no compite: absorbe. Y hoy lo hizo hasta adueñarse de Sevilla, de la tarde… y de la memoria. Porque dentro de muchos años, cuando se hable de lo ocurrido, todos recordarán lo que él dejó escrito con el capote y la muleta.






