Hay países que se explican por sus fronteras y otros que se explican por sus heridas. Las que se repartieron a golpes Caín y Abel, los hermanos bíblicos más hispanos del Universo. España, desde hace demasiado tiempo, pertenece a los que se explican o narran a través de un «guerracivilismo» que recupera quien saca rédito al fratricidio. Esta España de mitades atrincheradas quedó elevada a su máximo histórico retroactivo del 36 al informar Pedro Sánchez de la convocatoria de elecciones. «O yo, el progreso», «o yo, o el fascismo y la barbarie».
Antonio Machado lo escribió (y describió la intención de loco autócrata) con una precisión que todavía estremece: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Ha pasado casi un siglo y seguimos empeñados, demasiadas veces, en demostrarle que tenía razón. Izquierda o derecha. Los nuestros o los otros. Progreso o fascismo. Demócratas o reaccionarios. Y, naturalmente, toros sí o toros no, en el fondo de la cuestión de una interminable y rescatada guerra civil interminable. Pedro Sánchez decidió hace tiempo que en España todo ha de resolverse cavando una trinchera.
‘En España no se discute sobre el toreo. Solo se usa al toreo para juzgar y condenar al de enfrente’
Las nuevas elecciones deberían servir para algo más que para cambiar nombres, repartir escaños o volver a contar quién ha vencido a quién. Deberían ofrecernos una oportunidad mucho más difícil: empezar a desmontar esa vieja costumbre española de convertir cualquier diferencia en una guerra civil, moral y/o física. Porque también alrededor de la tauromaquia hemos construido nuestras dos Españas. En una, el toro es cultura, historia, campo, arte, economía y memoria. En la otra, es únicamente sufrimiento, atraso y barbarie. Y entre ambas parece haberse vuelto imposible una conversación.
En España no se discute sobre el toreo. Solo se usa al toreo para juzgar y condenar al de enfrente. Quien defiende la tauromaquia es presentado con la radicalidad del crotal del insensible, primero, ante el sufrimiento animal, y, recientemente, del anclado en la trinchera del fascismo resucitado. Como reacción, al toreo a veces le ha salido su vena menos ilustrada y menos culta. Así no existe debate posible. Solo quedan dos caricaturas de un 36 de trincheras, gritándose desde extremos opuestos.
Y quizá haya llegado el momento de admitir algo elemental: un país adulto puede discutir sobre su patrimonio sin odiarse. Y sin cavar trincheras. Un país adulto puede defender el derecho a la vivienda sin acudir a lo que jamás construirá una casa: la demagogia. Puede defender la tauromaquia sin obligar a nadie a amarla. Puede cuestionarla sin perseguir culturalmente a quien la considera parte de su identidad. Puede debatir sobre bienestar animal, legislación, financiación pública o protección cultural sin convertir cada cuestión en un plebiscito sobre quién es más progresista o moralmente superior.
‘Una España capaz de mirar su historia sin arrodillarse ante ella y de mirar hacia el futuro sin necesidad de prender fuego al pasado’
Porque el verdadero peligro para una sociedad no está en que existan desacuerdos. Está en que desaparezca el espacio común desde el que discutirlos. España necesita dejar de escoger entre sus dos mitades. También en los toros. Pero para dejar de elegir entre dos mitades, para regresar a ese país de calidad democrática, hemos de mandar al ostracismo a quien insistió en reinventar 1936 en pleno siglo XXI. Pedro Sánchez, cuestión reconocida ya hasta por sus pesebristas, ha expuesto a los españoles a una interminable guerra civil como modelo de relacionarse.
Si recuperamos la España razonable, la de las razones, la tolerancia y los argumentos, la tauromaquia sobrevivirá o cambiará por su capacidad para explicar qué es, por el arraigo social que conserve y por la voluntad de quienes quieran mantenerla. Pero ninguna tradición debería necesitar que media España sea declarada enemiga para justificar su existencia. Como tampoco una sociedad moderna debería necesitar borrar aquello que incomoda a una parte de ella para demostrar que ha progresado. Tal vez esa sea la oportunidad que se abre ahora.
‘Ninguna tradición debería necesitar que media España sea declarada enemiga para justificar su existencia’
Estamos ante la oportunidad de conseguir que una España derrote a la otra. La oportunidad de empezar a construir una tercera España en la que las diferencias no tengan que acabar siempre en una trinchera. Una España capaz de mirar su historia sin arrodillarse ante ella y de mirar hacia el futuro sin necesidad de prender fuego al pasado. Una España donde alguien pueda entrar una tarde en una plaza de toros y otro pueda pasar de largo, y ninguno necesite despreciar al otro para sentirse dueño de la razón.
Machado temía que una de las dos Españas terminara helándonos el corazón. Ha llegado el momento de dejar de elegir cuál, y para eso debemos eliminar de esta piel de toro, España, esa heladera continuada, interesada, abonada y expuesta a las generaciones últimas. Ha llegado el momento de decidir si queremos esa tercera España. Una España donde puedan vivir en paz las dos Españas de Machado. Esa tercera que ya estaba, la del consenso, la Constitución, la Transición. Con las novedades que deseemos añadir para ir a compás de los tiempos. Porque esa Tercera España es España.

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