Rafael Ortega,
otro torero que se olvidó de su cuerpo. (Parte 1/2)
La
figura del torero se ha movido siempre desde el arquetipo. A veces, como
concepción simplificada del modelo originario o al variado muestrario de
tópicos y estereotipos. Algunos de ellos fraguados en el siglo XIX al eco del
romanticismo. Tanto la literatura como las Bellas Artes dan fiel testimonio.
El torero juncal, cimbreño, “moreno de
verde luna”, fachendoso; con marcha castiza y abalorios o con todos sus avíos
deslumbraba a la parroquia y sobre todo al mujerío de rompe y rasga. La imagen
del torero bien plantado era connatural a la “gente del bronce” con su espesa
atmósfera de juergas, mancebías, tabancos, timbas y humo. Por otra parte, en el
Cossío, en La Lidia o en cualquier revista de la época se retrata una plétora
de toreros corpulentos ajenos al ideal físico y aparentón: Manuel Domínguez
Desperdicios, (conocido también con el horrendo mote de Jaca Tuerta); Antonio
Carmona El Gordito, Antonio Sánchez EL Tato, José Sánchez del Campo Cara-
Ancha, Luis Mazzantini, Rafael Guerra Guerrita… por no citarlos a todos y que
fueron claves para hilar el toreo. No obstante, –trabajado el tiempo– el torero
se fue mirando poco a poco por dentro. Aquel torero decimonónico que ha tabaco
y a sudor tenía que oler, ha tenido su contraposto en otra imagen alejada de lo
puramente físico. Con otra filosofía u otra estética y ética basada no en la
apariencia, sino en lo puramente sustancial. Aunque hayan habido toreros de
todas las épocas que hayan rendido culto al cuerpo. Pero eso es algo intrínseco
a la persona, sin necesidad de vestirse de luces. En la comedia humana hay un
rico y variado muestrario.
La historia señala a un puñado de
toreros en la otra orilla de la belleza objetiva. De Juan Belmonte decían las
mocitas trianeras “feo en la calle; bonito en la plaza”. A Manolete en sus
comienzos le llamaron “cigarrón vestido de luces”. A Mazzantini, ventrudo
currutaco. A Nicanor Villalta, ya con cierta edad, en Madrid le llamaron
zangolotino. ¡Para qué seguir…! No hay que echar al costal del olvido que la
conformación física del Pasmo de Triana fue determinante a la hora de asentar
el toreo moderno (brazos largos como hechos para torear y piernas cortas y poco
ágiles que sin embargo no fueron rémora para parar el toreo).
La fortaleza torácica de Rafael Ortega
le ayudó con la espada y además dotando a la suerte de un alto valor estético o
plástico. La imagen viril de un hombre haciendo la cruz y volcándose a carta
cabal sobre el morrillo del toro. En palabras de Pemán: “Las maravillas
plásticas del arte de torear tienen una razón estética fuertemente ligadas a
una razón anatómica”. Este aserto se puede ilustrar a la perfección
contemplando –un ejemplo– la media verónica de Belmonte y la estocada de Rafael
Ortega. Sus cuerpos se transfiguran de tal manera que producían aire dentro del
aire. En la quietud fotográfica abunda más la estética –en esa fugacidad del
instante– más que en las imágenes en movimiento. Por eso Rafael Ortega se
alistaba con el mago de Triana a la hora de torear, de ejecutar las suertes. Se
dejaban olvidado el cuerpo en casa y se transformaban en esencia y sustancia.
“Lo esencial es invisible a los ojos” (Saint-Exúpery).
Rafael Ortega, el torero de la Isla,
sabía que era en el corazón donde se anidaban todos los misterios de la vida. O
lo que viene a ser lo mismo: “El arte –según Torrente Ballester– es un juego
con la realidad. Un juego serio porque sale del corazón”. Y más serio todavía
en el arte de torear porque está en juego la vida del artista.
Un primer espada de la crítica Cesar
Jalón Clarito, apuntaba a Rafael Ortega como “un torero de cuerpo espeso,
cuello escaso y en fin, mal conformado”. ¿Qué conformación física tiene que
tener un torero? Que vengan los sabios y echen sus cuentas y lo expliquen. La
historia esta cuajada de toreros magníficos con desigual porte físico: altos,
bajos, anchos, entecos, gráciles, desangelados que han dejado una vida gloriosa
en la Tauromaquia.
¿Quién no recuerda al inolvidable Miguel
Márquez o al mismísimo Ruiz Miguel crecerse ante divisas de gran alzada? Dos
casos claros –por no mentar más– de transfiguración. Se me viene ahora a la
mente (o las mientes) la graciosa observación de una gitana vieja que oyendo
cantar a Silverio Franconetti, en estado de gracia, dijo : “Canta mu bien, mu
bien; paro le encuentro un defecto: que tiene los pies mu grande”.
Siempre con el eterno dilema del fondo y
la forma. Es fácil suponer que no hay fondo sin forma, como no hay forma sin
fondo. Una cosa no excluye a la otra. Un aforismo antiguo dice.” Los ojos para
ver; la mirada para sentir”.
Ángel Fernando Mayo apela también a la
figura de Rafael Ortega como “recia, ancha, no elegante o graciosa, de pajizo
vaquero de los esteros de San Fernando – (¿ ?)– o de rubio marinero de la
escuadra de Nelson” (uno diría más bien de almirante). La concepción de
elegancia en el toreo es un sacramento de difícil administración. De dudosa
vitola. Al valiente torero Cayetano Sanz, por su porte y presencia, lo llamaron
de por vida “ El Petronio del Toreo”. El arte y la ciencia del toreo es gracia
interior, ingénita. Duende o ángel a discreción o buenas maneras o saber hacer
las cosas con donaire; pero nunca elegante. De la elegancia en el toreo al
estilismo o la afectación hay el canto de un duro o de un euro.
Sin embargo, Rafael Ortega era elegante
en la plaza y en la calle. ¡Con qué elegancia natural lucía la capa española!
El que escribe –tuvo la suerte de hablar muchas veces con el maestro– lo
recuerda una noche fría en Alcalá de los Gazules, con motivo de unas charlas
taurinas. Se presentaba el torero impecable. De pronto, vino una racha de
viento a perturbar su cuidada compostura removiéndole violentamente la capa
negra con vuelta roja (que lucía tan airosa como Fuentes Bejarano) y con un movimiento
torerísimo de brazos, –como una especie de galleo– volvió a componer o a
recomponer su figura torera.

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