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domingo, 19 de febrero de 2017

Fotos antiguas, de las que le gustan a Ginebra Blonde



Vendedor de periódicos gastando parte de su dinero en helados. El joven con gorra que está detrás parece que habla por teléfono móvil pero como los viajes en el tiempo no existen, debe estar entonces rascándose la oreja, jajajajajaja. Wilmington. Delaware, 1910. Hine, Lewis Wickes.

viernes, 17 de febrero de 2017

Creaciones



Otro ejemplo de mi talento artístico, jajajajaja.

(Autor: Palacios, alias Pitt Tristán. Óleo, 30x30)

martes, 14 de febrero de 2017

Polvo de estrellas



Creemos dominar la naturaleza, pero nos ahogamos en un átomo de tristeza. Buscamos la inmortalidad, pero cuando el espejo se rompe y sus fragmentos nos hieren con sus gotas de sangre y lluvia, comprendemos que no somos más que soledad, vacío, pérdida. Somos sólo polvo de estrellas.

lunes, 13 de febrero de 2017

Acuarela



Con más afecto que efecto, dedico esta acuarela a Raquel, activa comentarista y seguidora amabilísima de este blog.
Con mi agradecimiento por leerme y mis disculpas por la mediocridad de la obra.

(Acuarela, 20x24, autor Pitt Tristán)

domingo, 12 de febrero de 2017

Un relato chick-lit, o casi.



En un comentario de la entrada anterior, Lectora me dice que le gusta cuando escribo algo más mío. La voy a complacer y le dedico este relato y perdonad por el atrevimiento, no de dedicárselo sino de publicarlo, jajajajaja.

Evocación


Esta mañana me he levantado contenta. Otros días me levanto cachonda y otros de una mala leche como si ya hubiera pasado todo el día rodeada de gente. Nada más echar el pie al suelo me he fumado un cigarrillo. Sin complejos. Sin traumas. Que les den a los carteles de la OMS y al cambio climático, que me mate el tabaco por elección en vez de la naturaleza -esa borde, que va a su rollo- por obligación. O el destino. Me levanto pletórica, con las tetas en su sitio, me miro al espejo ¡qué guapa eres! Los pelos como en esas recreaciones que sales tú y el mamut, pero ¡cuánto vales, nena! y es que la autoestima eso es lo que tiene. Llevo una semana de las buenas. El martes visité la feria, una atracción de autómatas, como aquellos que encandilaban a Flaubert, “El carromato de No Sé Qué” y ligué con el feriante, le pregunté-animé: ¿vamos a emborracharnos juntos? Eso lo entienden todos los tíos, piensan: bueno nos tomamos unas copas y luego, si hay suerte, lo que caiga pero las copas ya nos las hemos tomado. Total que resultó un tío muy majo, eso sí un poco raro, porque estuvimos hablando de rollos culturales, algo de ciencia, sobre la física de las atracciones de feria y sobre los autómatas a lo largo de la historia que, por cierto, se quedó allá por principios del XIX en donde, merced a la ingesta alcohólica, cayó rendido a mis pies. Lo malo es que fue literal. El que mi padre tuviera viñas e hiciera vino en casa, y que este vino fuera malísimo, hacía que nos lo bebiéramos casi todo nosotros y, desde bien pequeños, recién destetados, ya nos daban pan mojado en vino y rociado con azúcar, así que a resultas de esta inmunización alcohólica he conocido pocos tíos que aguanten más que yo; hubo uno pero murió de cerrosis, sí de cerrosis, le cayó un rayo estando en un cerro, quiero decir. Nos fuimos a casa pero el tío seguía medio grogui y si algo da una idea de la torpeza extrema es un tío borracho. Pase por que se le olvide tu nombre, pase por que te llame con el nombre de otra, pero ¡so gilipollas! ¡que el clítoris lo tengo donde todas! Esa noche nada, bueno peor que nada, porque ya te has hecho ilusiones, pero al día siguiente vinieron las disculpas, unas flores (ya he dicho que era un poco raro), como un cordero, como un cordero al matadero. Y yo una loba. Estuvo majo, cariñoso, dulce y sin prisas. Me hizo, entre otras virguerías, unas botas de saliva a mi medida, desde el pie a la ingle y un poco más. Todo aquello tuvo para mí el sabor de un guiño. No creo que dure, porque llevaba una marca en el dedo como si fuera un pajarraco de esos en peligro de extinción al que acaban de desanillar. Es lo que tiene agosto. Casi mejor. Mejor. Que luego pasa lo que pasa y una no está para esos trotes romanticones. He pasado una semana cojonuda pero estoy mejor con la mileurista como yo con la que comparto piso, aunque es un poco guarra, a veces me dan ganas de mandarla a tomar por culo pero se me pasan cuando me acuerdo que el piso y los muebles son suyos. Maldita memoria. No me gusta la memoria. Si pudiera me la arrancaba de cuajo porque, muchas veces, demasiadas veces recuerdo que mi vida no siempre fue así. Hace algunos años conocí a un chico, tuvimos un amor acendrado e insome y fuimos muy jóvenes y muy felices. Tuvimos un hijo. Siempre íbamos los tres de la mano. A todos los sitios. Tenía cinco añitos cuando murió ahogado. En un pantano. Un fin de semana. Ya no he tenido más fines de semana, y odio los pantanos. Recuerdo que me dejaron poner una estela junto a la orilla: “Entre lamentos, mi madre colocó esta lápida en mi recuerdo”. Aquella tragedia en vez de unirnos y hacernos más fuertes nos fue apagando y todo acabó. Pero hoy aún palpita en mí el rescoldo de un amor abrasado por la sed de la muerte. Me enciendo otro cigarrillo. Sin complejos. Sin traumas. Que les den... Pero ahora, ahora, ya no estoy contenta.

sábado, 11 de febrero de 2017

Contra el frío, el calor de tus besos



Se desnudó mientras él seguía acariciándola y besándola por todas las partes y le desnudó a él, ya sin ningún pudor. Besó ávidamente sus labios y su pecho y le hizo echarse desnudo junto a ella sobre la hierba. Le acarició el vientre y los muslos, le besó cada vez más apasionadamente hasta desencadenar su más ardiente deseo. Él la dobló debajo de sí y la poseyó con todas sus fuerzas, como si fuese la última vez que gozaba de su cuerpo y de su amor, y vio los ojos de ella iluminarse, su rostro trasfigurarse en un placer cada vez más intenso y conmovedor, sintió sus manos y sus uñas hundirse en los hombros y en la espalda y la oyó finalmente gritar en el delirio del placer sin límites ni ataduras, aquel que sólo los dioses pueden conceder a los mortales.

viernes, 10 de febrero de 2017

Percebes



Las gentes simples, los comensales elementales, suelen decir ese lugar común tan socorrido: "pues a mí me gustan los percebes porque saben a mar". Que inmenso error, que dislate. Y sobre todo que tontería. Los percebes no saben a mar, son el mar. Los percebes del Cantábrico no son trocitos de océano, ni mutilaciones marineras, ni flecos de tormentas, ni galernas deshilvanadas. Los percebes son mares completos, océanos enteros, porque en el fondo hay tantos Cantábricos como percebes del Cantábrico.
El percebe ni se come ni se bebe: se vive, se disfruta, se goza. Dentro del percebe, en fin, caben todas las pasiones violentas del océano.

(Dedicado a mi amiga Livy, entusiasta de este manjar)