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sábado, 18 de agosto de 2018

Relatos jueveros: Cinco elementos



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La casa del violinista

Soy violinista. Es algo evocador. Pero terrenal.
Aunque vivas, como en mi caso, en una vieja casa de las afueras, que hace recordar a Poe, y las notas de mi violín escapen por las ventanas junto a las hojas de otoño que cubren el camino durante el atarceder impregnando el ambiente con una sonoridad y un colorido al que parece que el cielo y la tierra se asomen por mil ventanas como al más hermoso de los paisajes, incluso entonces, tú, el músico, no debes olvidar que eres una persona como todas, y sabes que no eres un angelito y que posees todas las condiciones humanas.
Lo sé. Tanto es así que ahora me doy cuenta de que estoy perfectamente muerto.
No puedo mover ni un dedo, ni una ceja.
Siento la lengua, fría e inmóvil, pegada al paladar.
Debo estar tendido, tieso, quizá con las manos unidas sobre el pecho sujetando mi violín y su arco.
Ya no soy yo. No soy nada. Estoy muerto. Definitivamente, irremediablemente muerto.