Talavante no tiene chistera
Editorial del lunes 2 de marzo de 2026 de Mundotoro
El arte del toreo es directamente proporcional al arte de vivir. En las dos últimas décadas, no ha habido un torero que haya hecho de la vida un ejercicio artístico como Alejandro Talavante. Un urbano reinventado en lo rural y viceversa. Cosmopolita y agrario. Contextual y solitario. Armani y unas botas de montar de cuero y barro. Y si se torea como se es, porque se escribe y se pinta y se canta como se es, Talavante instala en su toreo la vida y su arte de vivirla. Es el torero menos aburguesado, el más honesto. Jamás definitivo, e ilimitado por indefinido. Es un indagador que se pregunta el toreo a cada instante, como se pregunta la vida. Sabiendo el peligro que tienen las respuestas.
Los toreros que bucearon en las aguas primitivas del campo han sido los que mejor han comprendido que el toreo jamás es definitivo. Desde Joselito El Gallo, que se sabía cada vaca y cada toro, hasta ese clan invisible de El Juli, incansable buscador del toreo en el campo, hasta llegar a Talavante, que, de espaldas al sistema, directrices y tendencias, está buscando las fórmulas inexistentes de la bravura en su ganadería. Todo ello en dos décadas, las que cumple este año como matador de toros. En este tiempo a Talavante le ponen la penitencia de no haber sido el mandamás, penitencia de la que él no se siente penitente. Hay en su toreo cierta nostalgia atemporal. Una especie de contradicción: teniendo las cualidades que todos quieren tener para mandar y tener el cielo, Talavante y su toreo tienen una tendencia exquisitamente lúcida. Sabe que en el cielo hay buen clima, pero que las mejores compañías habitan en el infierno.
En estas dos décadas ha habido un manojo de toreros capaces de ser el uno y el número uno: José Tomás, Ponce, El Juli, Morante o Andrés Roca Rey. Toreros que viven de la mayoría, del quórum, de saberse arropados por esa masa que habita arriba del todo, en el llamado cielo de los líderes. Una cuestión muy necesaria para el toreo, imprescindible, como necesaria es la existencia de alguien insatisfecho por naturaleza, que ama al toreo porque sabe que el toreo nunca empezó con él ni terminará con él. Y que muestra cosas que no viven en el cielo. Es imposible comprarse una parcela para habitar sólo en el Olimpo si se piensa que el toreo en sí no existe. Que sólo existe la búsqueda constante del toreo. Es decir, una insatisfacción constante.
Talavante es el torero menos aburguesado, el más honesto. Jamás definitivo, e ilimitado por indefinido. Es un indagador que se pregunta el toreo a cada instante, como se pregunta la vida. Sabiendo el peligro que tienen las respuestas.
En 20 años, hay mucho Talavante en el infierno y mucho en el cielo. Hay una búsqueda constante de lo que, apenas hace unos años, no se echaba en cuenta. Asuntos vitales como la reducción de las embestidas: superar el temple y su velocidad acompasada a la velocidad del toro por el torero, que reduce esa velocidad en un muletazo. Una cuestión de calidad evolucionada y sutil, que nace en la flexibilidad del toro. Hay un antes y después en ese toreo y es “made in Talavante”: la faena a un toro de Teófilo Gómez en Aguascalientes (México, 2015) debería pasar a la historia como ese instante en el que el toreo de reducción se reveló como existente, el más curvo, el que declaró la guerra a la vulgaridad de la línea recta. Y el más lento por casi detenido. Como hibernando. Si miramos la foto de este editorial, pareciera que el toro y el torero están detenidos. Pero una mirada a las manos del de Teófilo indica movimiento: la reducción como superación artística del temple y la negación del tiempo en su velocidad.
Lástima que México esté ahora más lejos aún que cuando Hernán Cortés navegaba en esas cáscaras de nuez. Lejos por distancia mental, distancia social, distancia cultural y torera. Y de esa tarde clave, aquí nos llegó la arrucina (de rodillas, por cierto). La narrativa se quedó con la anécdota que le persigue: el torero de la improvisación. Eso no existe. Hacen falta muchos meses y años de búsqueda para improvisar el toreo. Lo que vemos como improvisación es el avance de miles de preguntas en el campo. No es improvisación, es intuir que es el momento exacto para hacer lo que sucede en la mente. Porque el lugar del toreo está en la mente.
La faena de Sevilla en 2007, en donde un cambio de mano hizo una circunferencia que hizo el trabajo de Colón declarando que la tierra era redonda, es un descubrimiento volitivo del toreo. Lo fue el toreo con la zocata al toro jabonero de Cuvillo en Zaragoza de 2011, negando la existencia de las líneas paralelas y que templar fuera el límite evolutivo del toreo, que llegaron desde el infierno. En donde están las mejores compañías, que son los que siendo grandiosos cometieron pecados burgueses.
Ese es Talavante, el torero siempre en la frontera de todo, el hombre que vive y penetra en ese barrio de navaja, a esa hora que la gente de orden desecha por peligrosa, ya ha cumplido 20 años de matador. Ese hombre contrasta y habita con el hombre de Armani y el habitual de los mejores contextos culturales y eventos de máximos titulares. El hombre que toda buena botella de vino quiere tener al lado.
Si Adán aprendió a espaldas de Dios que el paraíso no era donde estaba la manzana sino que era donde estaba Eva, Talavante sabe que el paraíso está donde habita el toreo. Adán fue expulsado del paraíso. Talavante se mantiene en los dos lados de la frontera. Porque, en el fondo, él y todos esperan a eso que dicen su improvisación. Que en realidad se trata de eso que, de repente, saca de ninguna chistera. Un paso más del toreo en su camino hacia ser el toreo.

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