Si mi corazón fuera una estación sin duda sería otoño.
Necesitaríamos de los mejores psiquiatras y de los mejores jueces para abrir en canal a este país llamado España y conocer qué nos pasó para haber llegado a la descomposición actual. Para saber por qué un país rico y productivo, cuyos trabajadores y empresas cumplen con la presión fiscal más grande de nuestra historia, ha llegado al deterioro de nuestros mejores activos. Y, tras el trabajo de la psiquiatría, el trabajo de la justicia que pida responsabilidad sobre el reparto de nuestro dinero sudado y sacrificado. Y, una vez abierto en canal el país, no coser sus entrañas sin concluir que es incompatible ser gobernante con la vanidad, el apego al poder, la ignorancia chulesca y la agresividad de patio de colegio en redes sociales y medios para partir en dos lo que ha de ser uno. España.
Es incompatible el desprecio por la responsabilidad con gobernar. La desidia y el adonismo moral de Óscar Puente, paradigma del gobernante que gobierna desde X, y el adonismo físico-enfermizo de Pedro Sánchez, sujeto para el que el gremio de la psiquiatría tendría trabajo que ocuparía varios lustros. Entre el macarrismo gamberro de uno y la autoidolatría del otro, llega la ausencia del Estado como tal y su inacción en la violencia en las calles, estado de bienestar pulverizado a instancias de una política migratoria enloquecida, los recursos económicos desorbitados dirigidos a las minorías populistas, republicanas, nacionalistas y exterroristas.
Sánchez ocupa ya el lugar de dios en esta tierra llamada España y aplica el pensamiento de Bakunin: «La existencia de dios perfecto es incompatible con la del mundo, pues este no es perfecto. Si el mundo existe, dios no puede existir». Lo aplica en su inverso: si el pueblo que gobierno no es perfecto teniendo a un Dios perfecto como gobernante, es el pueblo el que no puede existir. Que dos accidentes de tren brutalmente históricos y propios de un país sin hacer o anclado en la edad de bronce sean calificados de «inverosímiles» por el ministro del ramo, Óscar Puente, es de cárcel. Y cuando Pedro Sánchez afirma que dos accidentes de este tamaño «son insostenibles», no busca esa «insostenibilidad» en su responsabilidad, sino en esa otra cosa o cosas que no solo no le responsabilizan, sino que le victimizan. El pueblo y sus desgracias, el pueblo y sus defectos, molestan al dios gobernante. Es como si mancharan el mármol blanco de la estatua de adonis perfecto.
Hay una mentira construida en decenas de miles de mentiras que van desde lo económico hasta lo moral que este país ha asumido como verdad. En parte por la maldad mental de los relatos construidos por la gente de Sánchez y en parte por la inutilidad mental y política de quienes debieron trabajar con talento en el relato verdadero y cierto. En lo económico, nuestra presión fiscal es ya persecución fiscal del Estado. Nuestra presión fiscal es del 37,1 % al 37,3 % del PIB, una cifra inferior a la media de la Unión Europea (situada en torno al 40,4 %). Pero nadie le dice al español perseguido fiscalmente que el esfuerzo fiscal de las familias españolas es superior debido a un menor nivel de renta. La renta neta media equivalente en España se sitúa en 19.307 euros, por debajo de la media de la Unión Europea (fijada en 21.582 euros / 21.245 PPS).
La vivienda se relata en mentiras sumadas: si es cierto que cinco millones de adultos con sus familias tienen repercusión en la demanda de vivienda (inmigrantes), ¿cómo no va a ser cierto? Si es cierto que el salario de nuestros jóvenes mejor formados es muy inferior al salario de sus padres, ¿cómo van a acceder a la vivienda? Si es cierto que el poder adquisitivo de esos jóvenes y de los trabajadores en general es menor que el de las generaciones anteriores, ¿cómo se va a acceder a la vivienda? Y sí, es cierto que hay suelo para construir y no se construye por cuestiones fiscales, burocráticas y un relato falso medioambiental.
El relato que ahora han de desayunar, comer y cenar los españoles es que el error humano causó el accidente de Urda. El error humano, si es que lo fue, viene precedido de un fallo técnico. Un fallo técnico tan clamoroso como anunciado por los profesionales de los trenes de este país, que denuncian a gritos, una y otra vez, que nuestro imperio de tranvías, la joya de la corona, está en descomposición. Y mata. Pero no mata el tren. Mata esa soberbia de superioridad moral enfermiza de unos gobernantes que suman en sus consecuencias corrupción con nuestro dinero sudado, un reparto de pagos de prebendas políticas y una impericia como administradores. El dinero que no llega al país y sus necesidades.
En el toreo sabemos que se necesitan muchos años de buen trabajo para colocar a una ganadería en su excelencia y que bastan muy pocos para hacer de ella un manojo de moruchos. Pedro Sánchez heredó una ganadería excelente y la deja, si es que la deja, como una colección zootécnicamente irreconocible y de condición morucha y decimonónica.
En el libro “¿Quién diantres eres, Billy Wilder?” habla
el cineasta de la época en que intentaba meterse en el mundo del cine. Vivía
entonces en Berlín, en una habitación realquilada, al lado del cuarto de baño,
y ocurría que la cisterna del retrete estaba estropeada y que caía agua durante
toda la noche. El joven Billy Wilder la oía caer desde la cama y se imaginaba
que era una hermosa cascada.
Veinticinco años después, Billy Wilder había triunfado en
Hollywood, y era lo bastante rico para irse a hacer unas curas a Bad Gastein,
el balneario austríaco donde se encuentra la cascada más hermosa del mundo. “Ahí
estaba yo”, dice Billy Wilder, “en la cama, escuchando el ruido de la cascada,
y no podía dejar de pensar en ese cuarto de baño de Berlín”.