Un mundo nuevo y redondo
Editorial del martes 23 de junio de 2026
Una vez el mundo era tan nuevo, que a cada instante se buscaban palabras para llamar eso jamás visto por los ojos. Y se buscaba en las palabras la más a compás para denominar lo visto por primera vez. De tal forma que la precisión del lenguaje era casi descriptivamente poética. Los españoles a la selva le dijeron ‘selva’ (terreno gigantesco inculto y desordenado) porque no era otra cosa que ese caos salvaje y sin domar. Era el Nuevo Mundo. Pareciera que el toreo es el viejísimo mundo en donde ya nada queda por poner nombre. Y vivimos usando nombres ancianos y decadentes sin bautizar las maravillas del toro nuevo y del toreo nuevo.
No es cierto que todo esté descubierto e inventado. Y mucho menos cierto es que todo en la historia se repite. Ambas afirmaciones sólo son fruto de nuestro confort mental por incapacidad creativa: vivimos edificando el mismo ladrillo para la misma casa porque tenemos pánico a la disidencia, a lo nuevo, a lo descubierto por otros y no por nosotros. El toreo, que vive momentos de grandes descubrimientos, los oculta porque sus gentes sienten pánico al movimiento hacia adelante.
Hay una sutil aventura equinoccial en varios ganaderos cuyo trabajo tiene mucho de genio, parte de inmenso trabajo y una dosis de pasión torera del tamaño de un océano. Lo hemos escrito muchas veces. El toro se prolonga hacia la excelencia con ganaderos como Justo Hernández, Álvaro Cuvillo y otro puñado que insisten en decir que el toreo sigue siendo un mundo nuevo. Un manojo de ganaderos cuya selección da un toro para el que las palabras, manso y bravo no lo completan, ni lo definen. Toros entre laberínticos y trabajosos que no regalan sus virtudes selectivas o, que mostrándolas, exigen un toreo tan sutil y evolucionado que desnuda al toreo aplicado hoy, que emana del toreo detenido evolutivamente en los años 80 del siglo pasado.
El toro se prolonga hacia la excelencia con ganaderos como Justo Hernández, Álvaro Cuvillo y otro puñado que insisten en decir que el toreo sigue siendo un mundo nuevo
Toros para los que el temple (poner a compás la velocidad del toro y del trazo) es ya un arcaísmo, necesario, pero arcaísmo. Toros que tratan de negar la inercia, el venir e irse no por entrega, sino por un asunto de ley física. Toros que aguardan detenidos el enganchar, abarcarlos del todo en los vuelos y llevarlos toreados en la línea más curva posible para desarrollar una flexibilidad que nunca tuvieron los toros. Toros a los que la línea recta del temple no les alimenta, a la espera de que, volcados del pitón de dentro, describan ese círculo casi esférico del movimiento del mundo, el circular de rotación/traslación.
Todo lo nuevo genera temor y el temor provoca denostación. Seguimos usando para el toro los términos de los años de la tienta empírica, muy decimonónicos, donde bravo es A, manso es B y lo contrario, C. Lo usamos porque ya no hay uso certero del sentido de la vista: el toreo se ve con el alma, con la aventura y hasta la fe del corazón. Y porque la inteligencia emocional no es a granel para todos. Pero ese toro está ahí y bien haríamos en buscar y mostrar y hasta enseñar a los que comienzan que ese toro exige un toreo distinto.
Las escuelas y las escolásticas parecen detenidas allí en los ochenta. Temple. Técnica hacia el volumen y hasta dirigida a la defensa. Es decir, la no creatividad. Uniformidad porque se uniformó el toro en esos años. Pero el toro ya ha dado los pasos hacia otro toreo. Hay dos ganaderos que siguen la estela de ese toro. El Juli, que es el torero más poderoso en el sentido de su brutal poder para evolucionar. Y Talavante, el torero más empeñado en lo curvo, en la reducción de la embestida. Haciendo un aparte: comienzan a escucharse en bocas términos como flexibilidad, reducción… Harían bien esas bocas en llamar selva a la selva sabiendo qué es una selva, no sea que llamándola selva estén narrando una silla.
Las faenas de Morante a toros que ‘no embisten’ de esas ganaderías, han dado a este torero una dimensión real, la que tenía pero era inservible
Las novilladas de Talavante en Sevilla o en Alicante no parecen a modo del toreo enseñado, el escolástico actual. El propósito de la educación en las escuelas es el dar opción para aprender por sí mismos, porque si de lo que se ocupa es de que aprendan un catón, no es educación, sino adoctrinamiento. Cuidado con crear toreros adoctrinados, que nos resultará un torero adoctrinado. Involutivo. Uniformado. Una cosa es la educación y otra el sistema escolástico.
Tan nuevo es todo esto y tanto recelo por exigencia sensible provoca, que pocos abundan en el porqué del Morante de hoy. Un torero que hubo de esperar décadas hasta la aparición de ese toro tan toreramente evolucionado para eclosionar como el gran genio. Sin ese toro, Morante sería un genio, pero no el genio de hoy. Al genio torero le acompaña el genial toro. Morante toreaba genialmente a toros no tan geniales hasta que se metió en el camino de esas ganaderías donde el toro es tan indescifrable como de una calidad casi escondida y una profundidad increíble.
Las faenas de Morante a toros que ‘no embisten’ de esas ganaderías, han dado a este torero una dimensión real, la que tenía pero era inservible. Invisible. Porque el toro ‘malo’ de una ganadería de bravura científica y de catón no tiene el embroque ni esas cualidades que se entregan frente al toreo precioso, preciso y de verdad. El toro ‘malo’ de las grandes ganaderías sí lo tienen. En terminología taurina: muchas veces el ‘malo’ de una ganadería ‘evolucionada’ es generoso con el toreo sincero.
Sería bueno abundar en el toreo sobre las piernas, en el ostracismo por el catón dogmático que dice que torear es quedarse quieto. Nunca los cambios de mano y otras suertes donde las piernas ganan hacia adelante mientras el toro va cosido a los vuelos en una geometría interminable, han sido tan profundamente toreros. Nunca tan curvo y toreado el de pecho, que era suerte de alivio para acabar lo que no parecía tener fin. Terminar toreando en vez de ‘sacarse eso de encima’. Tantas cosas nuevas que han de hacernos pensar si nos hemos saciado de un lo mismo reiterado y, empachados, insistimos en alimentarnos de lo mismo, teniendo a la mano el alimento de los dioses.





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