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sábado, 24 de enero de 2026

Adolfo Durá (1875-1945). Apunte para la revista La Lidia, 1915.

 


Agustín García Malla matando de una manera superior a un toro de Urcola en la plaza de toros de Barcelona el 17 de mayo de 1915.

 A. Durá.

viernes, 23 de enero de 2026

La Tauromaquia se cuela en la celebración de los 200 años del periódico ‘Le Figaro’ en París. Por Mundotoro

 

La Tauromaquia se cuela en la celebración de los 200 años del periódico ‘Le Figaro’ en París

Se exhibió un documental del matador de toros galo Adriano




Con motivo de su bicentenario, Le Figaro ha organizado en los últimos días una gran exposición en el Grand Palais de los Campos Elíseos, que recorre los 200 años de historia del diario.

El evento reunió a numerosas personalidades del ámbito político y cultural, entre ellas el presidente de la República y varios miembros del Gobierno, así como destacadas figuras de la escena artística e intelectual francesa, como Patrick Bruel, Fabrice Luchini o Sylvain Tesson.

En el centro de la nave del Grand Palais, se instaló una pantalla gigante de 50 metros de ancho para la proyección del documental Adriano, dedicado al matador nimeño Adrien Salenc. Dirigido por Solange Gourdain y Emmanuel Durget, periodistas de Le Figaro, el film sigue al torero a lo largo de su temporada y ofrece una inmersión en el mundo de la tauromaquia, narrada desde dentro por uno de sus protagonistas.

La programación de este documental en un marco tan emblemático subraya el lugar que ocupa la tauromaquia en el patrimonio cultural francés y su capacidad para integrarse en eventos institucionales de gran envergadura, en pleno corazón de la capital.

miércoles, 21 de enero de 2026

Plaza de Toros de Zaragoza. La Misericordia o Coso de Pignatelli.

 






Hubo un tiempo en el que no se hablaba ni de La Romareda, ni del Auditorio –ahora denominado Princesa Leonor–, ni del Príncipe Felipe. Ni mucho menos de un nuevo WiZink Center. Hasta hace no tanto, Zaragoza solo contaba con un recinto apto para reunir a multitudes ya fuera en conciertos, mítines o espectáculos varios. Claro está que esa instalación surgió con un fin muy concreto: la lidia de toros. El ruedo de La Misericordia se inauguró dos veces entre 1764 y 1765 y en la actualidad, a pesar de llevar siglos en la ciudad, sigue guardando muchos secretos para los vecinos de la capital aragonesa. La de Zaragoza es la plaza de toros de su categoría más antigua de España. Y se mandó construir por don Ramón de Pignatelli con un fin: sacar dinero. Eso sí, el ilustrado aragonés tenía un objetivo loable, que no era otro que mantener y financiar las actividades del hospicio que había en el hoy conocido como edificio Pignatelli, sede del Gobierno de Aragón. Sin embargo, hoy es la Diputación Provincial de Zaragoza la propietaria de este inmueble. La institución se encarga de su mantenimiento y también de enseñarla a la ciudadanía, puesto que hay visitas guiadas que permiten conocer el interior del ruedo sin astados deambulando por el albero. La primera corrida en la plaza se celebró el 8 de octubre de 1764, coincidiendo con las Fiestas del Pilar. No obstante, la Misericordia se inauguró oficialmente en 1765 para hacer coincidir la fecha con la finalización de las obras de la Santa Capilla de la basílica del Pilar. Ambas obras son, además, del mismo arquitecto: Julián Yarza. Su aspecto original dista mucho al que hoy en día se puede contemplar. En su exterior se combinaba el ladrillo con la mampostería y sin grandes alardes. Ni mucho menos se parecía a la imagen que todo el mundo tiene hoy de La Misericordia, un diseño que es obra de los arquitectos Miguel Ángel Navarro y Manuel Martínez de Ubago, quienes se encargaron de la reforma del edificio que se emprendió entre los años 1916 y 1918. Entonces se «recreció» la plaza, construyendo sobre la antigua infraestructura un «cascarón» que amplió el aforo y dotó a la plaza de una nueva imagen, que en el exterior es de estilo «neomorisco», que no neomudéjar, como bien explica Miguel Ángel, uno de los guías de la Diputación de Zaragoza que se encargan de los tours. Y es que si no hay plaza sin torero, tampoco hay visita que valga sin un guía con maestría. «Es muy gracioso y lo hace muy bien», comentan los visitantes. Así, ese estilo neomorisco del exterior de la plaza «recuerda más a la mezquita de Córdoba» que a los elementos típicos del mudéjar aragonés. Este diseño se imitó después en otros ruedos como el de Las Ventas de Madrid. En el interior, por contra, se usaron técnicas arquitectónicas muy novedosas para la época, puesto que se elevaron los nuevos graderíos sobre unas cerchas de hormigón, un material que permitió ahorrar tiempo y dinero en un momento en el que Europa se desangraba por la primera guerra mundial. Lugares ocultos Durante la visita se pueden recorrer espacios que normalmente no están abiertos al público, como la capilla en la que los toreros entran a rezar antes de comenzar la faena. El altar está presidido por una Virgen del Pilar y, a sus pies, hay dos reclinatorios. La capilla está situada en una de las llamadas «cuevas» de la plaza de toros de La Misericordia, que son los huecos que quedaron entre los cimientos y bajo las gradas del edificio original, el del siglo XVIII. Hay un total de siete cuevas, que además están musealizadas y en las que se guardan objetos y recuerdos relacionados con el mundo del toreo. En estos espacios, que antaño sirvieron como lugar de almacenaje, se exhiben fotos de ilustres del toreo aragonés como Nicanor Villalta, El Tato o Florentino Ballesteros. «Como decía mi abuela Milagritos, con estas fotos se pueden observar bien los dos tipos que pueden tener los hombres, el de torero y el de picador», cuenta Miguel Ángel ante las risas de los visitantes. En este tour se puede caminar también bajo la puerta grande de La Misericordia, algo solo reservado para los maestros que consiguen el plácet del exigente público zaragozano. En ese punto hay colocada una estatua de Goya, puesto que el ilustre pintor aragonés, tan unido al mundo de la tauromaquia por sus grabados, también toreó en el coso zaragozano. La plaza de toros de la capital aragonesa aguarda estos y otros muchos secretos. Es el primer ruedo de su tamaño en el que se instaló una cubierta (años 90) y fue el primer coso de España en el que se celebró una corrida goyesca, en 1927, aunque la fama se la haya llevado Ronda gracias a la estirpe de Paquirri.

lunes, 19 de enero de 2026

Rafael Ortega, otro torero que se olvidó de su cuerpo. (Parte 2/2). Los Sabios del Toreo

 


Rafael Ortega, otro torero que se olvidó de su cuerpo. (Parte 2/2)

 

 

Rafael Ortega no olía –ni quería oler– a torero. Sino que su figura, su memoria, su entendimiento y su voluntad (como las tres potencias del alma que se decía) evocaba más bien la de un sabio en Tauromaquia. Tan sobrio y tan luminoso a la vez como una pirámide de sal.

Rafael Ortega echó el cuerpo en San Fernando a la par que su espíritu torero. Nació, vivió y se fue en la Isla entre la luz del campo y la mar. Por compostura y carácter fue un clásico; no separó nunca sus ojos del pasado. Siendo como era un torero al abrigo de la Bahía de Cádiz, su toreo tenía en cambio el sabor de la Serranía de Ronda. Concibió su obra desde la gravedad sin floreos, ni alharacas. La manera rondeña de torear era la que mejor le cuadraba a su perfil anatómico. Un artista científico que tenía el toreo en la cabeza, pero alumbrado por el corazón. Su entrega lo llevó más de una vez al descansillo de la muerte. Sabedor era el isleño que hay toreros que tienen el corazón en la boca y otros la boca en el corazón. Que no es lo mismo torear– en la prédica de Gregorio Corrochano –que saber torear. Y que mientras, hasta que el mundo sea mundo, habrá quienes saben lo que hacen o hacen lo que saben. El arte de torear al fin y al cabo, se sublima –entre otras cosas – venciendo al miedo con razonamiento y sueño.

Rafael Ortega, en apariencia, en boca de algunos, no tenía hechuras de torero ¿Para qué? En su obra queda elocuentemente desmentida tan triviales observaciones. A la persona –o al artista en este caso– se le mira por los ojos. Rafael Alberti vio y miró los ojos de Picasso. Rafael Ortega tenía una mirada torera. Una mirada clara. Una mirada azul purísima tal el color del terno de torear que le gustaba lucir.

La travesía íntima y sentimental de Rafael Ortega Domínguez, la hizo siempre en la Isla de su “arma”. A la vera de su esposa Pepita, con la sonrisa siempre abierta… a pesar del sufrimiento de ser la diosa amada de un torero que se la jugaba cada tarde. Y los hijos que siguen la rastra luminosa que dejó un hombre cabal, que se fue de este mundo –como en el sentir machadiano– “desnudo como los hijos de la mar”. Triunfó. Alcanzó la gloria a la vez que le castigaron los toros como en los precioso versos de María del Carmen Feria escritos como si fueran para él: Va por un mar de cornadas/en su barquito velero.

No era un torero Rafael, no, de duende, ni de musas parnasianas sino de divinidades cañaíllas como brotadas de los esteros, de la entraña y espíritu de la tierra y del aire. Toreó como era –sincero y limpio– y como fruto de un paisaje sureño que iba de la dehesa a las salinas. Con santa razón escribe otro Ortega –Ortega y Gasset– que: “El ambiente es uno de los ingredientes de nuestra personalidad, cada uno es por mitad lo que él es y lo que es el ambiente donde vive”. El torero de la Isla era un trasunto de su tierra; aunque por su toreo soplaran los vientos de Ronda. Era un torero enterizo, pero navegante también por los mares de Heráclito. Armonizaba a la perfección los contrarios. Era antibarroco y romántico. No se adornaba como torero pero lucía capa española. También era un clásico; pero dominado por la expresión. Parco y serio en vista de la galería, pero ocurrente, sentencioso y divertido en la intimidad. Tenía los pies en el suelo de la misma manera que clavaba las zapatillas en la arena. A través de su rotundidad física iba y venía un ser entrañable. En su testa cana se cobijaba la biblioteca de Alejandría de “saberes” taurinos. Un auténtico maestro. Un antidivo. La impronta del arte modelaba su cuerpo cada tarde.

La suerte de matar de Rafael Ortega era un monumento viviente de arte efímero y que ha tomado cuerpo y vuelo inmóvil en una escultura de bronce dedicada a él y que vestirá para siempre su memoria de luces.

El inolvidable poeta Rafael Belmonte (hermano del Pasmo) escribió éste rotundo poema inspirado en el torero isleño llamado La estocada:

Quieta la planta, derecho

perfila el bruñido estoque

gira el cuerpo dando el pecho

buscando gallardo el choque.

La bestia sigue engaña

el vuelo de la muleta

y el hombre la planta quieta,

hunde en lo alto la espada.

La huella del tiempo al son de la memoria fue tallando su figura de venerado maestro. Un cuerpo más épico que lírico. Nunca su cuerpo fue vara de mimbre sino fuste de columna clásica, toscana tal vez. Un cuerpo con mucha vergüenza y sangre derramada (más de una vez el hada negra de la muerte se lo quiso llevar). Una conjunción del toreo y la persona: hondo, serio, honesto, sin ventajas. Una pureza con capote y muleta y supremo con el estoque.

En un tentadero –un torerillo en ciernes– le preguntó azorado al Pasmo de Triana:

– Maestro… ¿Qué hay que hacer para torear bien?

No tardó en llegar la respuesta del genio con su proverbial tartamudeo.

– Mu- mu – mu sencillo; olvídate de que tienes cuerpo.

Rafael Ortega, otro torero que se olvidó de su cuerpo. Por eso toreó como toreó. Y con la espada el toro se mataba solo. Una vez escuché decir a una vieja aficionada en Triana –Esperanza la del Maera– que mirando el traje de luces vacío de un gran torero es fácil imaginarlo dentro. Genial. Todas las cosas conservan el alma de sus dueños.

Rafael Ortega, echó un día en el olvido su cuerpo; pero su recuerdo quedará siempre como una razón incorpórea reflejado en el espejo de los tiempos.

En San Fernando, la Isla, –con la vigencia de las gaviotas– siempre darán razón por él. Siempre.