Manseó en banderillas el tercero de Álvaro Núñez, un toro bajo, terciado y abrochado de pitones. Morante mantiene un idilio especial con Portugal: se le adivina en el gesto y, sobre todo, delante del toro. Entendió desde el primer momento las querencias del toro y construyó una faena de enorme sutileza, casi pegado a tablas, basada en la inteligencia y el temple. El de Álvaro Núñez humillaba y se entregaba cuando se sentía gobernado por la muleta, aunque buscaba cualquier pretexto para desentenderse de la lidia. Morante supo sujetarlo y dejar pasajes de gran belleza: un comienzo por alto en tablas de extraordinario gusto, rematado con un trincherazo soberbio; un pase de las flores de los del cuadro de Victoriano de la Serna, y varios derechazos interminables, acompasadas a ese ir y venir de la embestida. Un genio en estado de gracia. Vuelta al ruedo.
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A la verónica, con banderillas y al natural…; una faena de genio de Morante en Campo Pequeño
Morante pidió las banderillas para seguir librando esa batalla consigo mismo que lo convierte en una figura inalcanzable. El toro le apretó en los tres pares y el tercio no alcanzó el brillo esperado, de modo que no se dio por satisfecho hasta clavar un cuarto al quiebro. Como para redimirse de un pecado venial, se echó de rodillas para iniciar la faena a dos manos. Aquello no fue más que el prólogo. El quinto de Álvaro Núñez tuvo una embestida descompuesta e irregular, acaso necesitada de ese puyazo que Portugal nos cercena. Sin embargo, el sevillano acabó por someterlo y hacerle romper hacia delante hasta desatar el delirio. La obra alcanzó su cénit al natural: cada muletazo más profundo y ceñido que el anterior, pasándose el toro por la barriga, dado a la inspiración sin reparar en su propia integridad. La última tanda fue la mejor, si ese calificativo puede enjuiciar lo inenarrable, por profunda, por ajustada, por entregada. Campo Pequeño era una pasión desmedida y le obligó a dar dos vueltas al ruedo.
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Fermín Bohórquez no se alivia en su regreso a Lisboa
El rejoneador jerezano solventó con mucha autoridad la brava y exigente acometida del toro de Murteira Grave
Fermín Bohórquez no se concedió alivio alguno en su reaparición por un día. Le correspondió un toro hondo y con cuajo de Murteira Grave, bravo y exigente, que no permitió concesiones. Tampoco las hizo la afición lisboeta, siempre rigurosa en la catedral del toreo a caballo. El rejoneador jerezano dejó pasajes donde llevó al toro muy reunido, y recuperó su mítico par a dos manos, ejecutado con la maestría de los grandes tiempos en dos ocasiones. La heroica pega de los Forcados de Santarém, consumada a la segunda tentativa, terminó de encender los tendidos y propició una vuelta al ruedo a la que se unió el ganadero Joaquim Grave.
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Tomás Bastos y una última gran faena como novillero en Lisboa
Tomás Bastos recibió al sexto con un farol de rodillas y un ramillete de verónicas con empaque. También cogió las banderillas, en un tercio que completó con brillantez. El novillo de La Cercada, con muchos matices, exigía poder y mando, y la faena creció cuando le enganchó con la muleta en el hocico y lo llevó toreado hasta el final. Meritorio fue el final por ajustadas bernardinas que tuvieron la impronta de un valor irracional. Con una vuelta al ruedo cerró una noche vibrante.
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