No es la especie más fuerte, ni siquiera la más inteligente. La especie que sobrevive es la que mejor se adapta a los cambios. Cumplimos este año casi un siglo de una faena que comenzó a adaptarse a los tiempos, la de Chicuelo en la plaza vieja de Madrid a un toro de Graciliano de nombre ‘Corchaíto’ (24 de mayo de 1928). Una faena en la que el toreo reivindica su razón de ser: el instinto. Porque toda especie, y la taurina también, posee el instinto de supervivencia. Y porque los pasos hacia adelante en el toro y el toreo son puro instinto de sus hombres.
No hagamos del toreo algo aprendido o enseñado al máximo. Alejemos el toreo de lo previsible. No pidamos dinero público, sino libertad de acción. No demandemos subvenciones a costa de nuestra independencia. No insistamos en cambiar el mundo, sino en seguir el nuestro. Escuchemos las músicas de los tiempos, para tratar de ir al compás. Pero si lo que suena no tiene ritmo, o es sonido sin compás, que el instinto nos permita bailar sin música.

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