Madrid: Morante en el cielo y en el infierno
Crónica de la Corrida de la Hispanidad 2026.
Quiso estirarse Morante de la Puebla al segundo, un toro sin exageraciones de Garcigrande, pero con el trapío justo para no ser protestado que apretó hacia las tablas en un recibo a la verónica que, por esa circunstancia, tuvo más de mérito que de lucimiento. Con el recorrido justo y los viajes por dentro, el astado exigió un juego constante de piernas. Se quedaba el toro por abajo y tras una temporada dura, es precisamente en ese juego de pies cuando Morante no se encuentra a gusto y el agotamiento del año y su desgaste pasa una mala pasada. Se fue a por la espada sin pasar al toro por el pitón izquierdo y lo despachó con habilidad. Silencio.
Fue entonces cuando la plaza entró en un clima de diferencia que costó remontar durante toda la tarde y solo la crispación frente al cuarto cambió la tónica de un ambiente raro en el que nadie estaba a gusto. El tercero de Núñez del Cuvillo fue protestado por su justeza de expresión, finura de hechuras y estrechez de cuartos traseros, aunque era ofensivo y astifino por delante. En definitiva, se protestó el tipo de una casa ganadera que no cumple con los requisitos del trapío en el catálogo de los encastes para la afición. Que parece éste menos amplio que la variedad de pelos. El toro gaditano tuvo más clase que raza en unas embestidas de calidad que tampoco van de la mano con el guion de la plaza por lo que todo ese cóctel de argumento sumió la lidia en pleno invierno a pesar de ser tarde de bochorno. Así, pasó desapercibido el buen concepto de Héctor Gutiérrez y una serie de caro naturales que se esfumaron entre la nada. De esas cosas que no se encuentran explicación y son un desafío para contar. Después de esa distancia entre el ruedo y los tendidos, sorprendió la petición de oreja después de una gran estocada. Y no porque faltaran razones.
El cuarto de Núñez del Cuvillo se volvió a protestar de salida por sus finas hechuras y escasa expresión, que tuvo más movilidad que verdad en sus embestidas. Fue entonces cuando los partidarios quisieron elevar a Morante al cielo y sus contrarios al infierno en todo un ambiente de crispación, mientras en el purgatorio, el hueco más común entre los mortales, el más cuerdo fue Morante. El sevillano dejó una docena de monumentos al natural de mano baja que, ni en su mejor tarde, marcaron las diferencias en el escalafón. Por exposición y verdad en el embroque, y por ajuste en los trazo. Morante redujo la velocidad de un astado descompuesto, cuyos gañafones levantaron el olé de los partidarios en el inicio de los muletazos y la alegría y regocijo de los detractores cuando no salían limpios. Todo digno de estudio.
Fue entonces cuando visto Morante, volvió de nuevo el tendido a la indiferencia más absoluta. Es cierto que la embestida anodina del quinto no ayudó a eso, pero si el público no le echó cuentas en el anterior, menos lo hicieron en el quinto. Como de tacaña y dura recompensa fue el inicio de faroles de rodillas de Aarón Palacio que se diluyeron en una reacción vacía del público. El maño volvió a dejar detalles de su buen concepto pero ya la tarde estaba diseñada para un análisis psicológico. Los dos pagaron las cotas de ser los elegidos. Cumplieron lo que prometían, aunque no se les hiciera caso. El público había venido a llevar a Morante al cielo y otro al infierno.
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